Las condiciones se calculan en el punto exacto de la roca —altura, hora, cuánto llovió— y el mapa anda sin señal. Está hecha para mirarla en el auto antes de subir y en el cerro sin una barra de datos.
El relieve, las sendas y los pines se bajan antes de salir. En el cerro el mapa, tu posición y tus notas siguen estando.
El pronóstico se pide en la coordenada del bloque, no en la del valle. Y si el pin está mal puesto, te parás al pie y lo medís: promedia muchas lecturas del GPS y lo corrige para todos.
La foto del bloque con el recorrido marcado a dedo, dónde parte y dónde termina, en tus palabras. Y si todavía no hay foto, el texto se escribe igual.
Un pronóstico no es una verdad. Cada factor del puntaje lleva su nivel de evidencia —estudio, derivado, citado, heurística o prestado— y se toca para ver de dónde sale ese número. Donde el puntaje no está medido, la app lo dice antes de mostrarlo: los umbrales se midieron en Rocklands, y en otra cordillera sirven para ordenar las horas entre sí, no como número absoluto.
No está en ninguna tienda: se agrega desde el navegador y queda como una app más, con su ícono. Hace falta instalarla antes de descargar el mapa — el navegador y la app instalada no comparten lo guardado.